DOLORA DEL MALVENIDO
Sé que no estarás allí
sentada en el mar de la ira,
ni tampoco en el grito del dios
que mueve la balanza.
No estarás en el lugar propicio a la tristeza
y tampoco en el delirio.
De tanto justo medio me ocultas,
deshabitado espejismo,
y sólo soy un tímido espejo clamando por imagen:
No estarás en el desierto,
y tu respiración no hará más denso
el sol de la exuberancia.
No existe ahora en la tibieza.
Asisto, convidado del frío,
a tus esponsales con la estrella muerta.
VIII
Prófugo, abandonarás a su futuro
toda raíz, y esconderás
en el grácil aljibe del tiempo
un manojo de albahaca,
único, habitable;
no la repetición que el recuerdo ahoga
sino la esperanza que guarda el origen:
Te desearás en la imagen de lo perdido:
Te amarás como a sí misma se ama la sombra,
al huir de la luz.
IX
Me transformo en partitura de un tiempo
que no fue mejor
porque es imprescindible.
Atadura rigurosa del milagro
para quien sólo atisbó la maravilla:
suma de palabras para el gran total del vacío
en un abrazo.
Podría tejer en las líneas de tu mano
la melodía de la devastación,
pero soy la música,
destrucción del ahora,
eternidad sin nosotros,
campo santo.
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X
Pasada la hora de la sinceridad
la memoria no altera la ruta de la misericordia:
Compasivos tejemos la historia de lo que no fue.
A cada quien su símbolo, su emblema,
el llamarse verdad o libro,
el signarse de locura o costumbre:
todos los caminos conducen al vacío que es encuentro,
allí donde las palabras son media luz en la ceguera,
o Tierra Santa donde nada crece: yermedad.
Qué hacer con este manojo de albahaca,
desprovisto de memoria y de palabras,
emblema de la unión que dejó de sufrir nuestras palabras:
el frágil amor de tobillos de cristal,
la foto en el cajón sin historia
de la auténtica biografía:
esa risa que fingimos
y ahora es memoria en el álbum del silencio.
XI
Que permanezcas más allá de mis muertos,
como un lago o la memoria del azul
de un pez en extinción:
Simple historia sin nexo alguno
con la muerte o el ahora,
mero suceso de no sabernos,
ignorancia inmune a la lucidez.
Mínima historia que ignora
los siglos necesarios para ser vegetación,
los siglos transcurridos
para que éste manojo de albahaca tuviera nombre,
mínimo instante para marchitarse:
Un instante para que permanezcas
como una cicatriz en la memoria de la especie,
como esa ausencia mía
en la memoria de las cosas,
como una clepsidra de sangre
junto a la silla caída del ahorcado.
XII
No debiste llamar a quien no existe,
pues también los nombres tienen epitafios
y se cubren de polvo.
Inexisto como el tallo reseco
de un arbusto sin nombre,
follaje secreto donde el misterio tejió
su luz de abandono.
Y tu nombre,
recuerdo ahora,
sobrevive a lo que soy,
un alguien que no reconocerías
aún cobijado por el beso,
o cobijado por el velo de una carta.
Toda confesión llega tarde.
Y de lo marchito resta
un manojo de albahaca
contra los malos espíritus:
la culpa, el deseo, el perdón.
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XIII
Al ángel de la albahaca
encomiendo esta liturgia sin rito:
mujeres únicas se han repetido
como se repiten las cosas
en la velocidad de una vida esperanzada,
que no conoció de otros el exceso.
Cómo sobrellevar la liturgia
de un amor pausado
como la savia en un manojo de albahaca:
También hoy
la deidad posible de los sentidos
ha visto marchitarse la ofrenda.
XIV
Para pasar de la plegaria a la indiferencia
basta un manojo de albahaca:
inaprehensible transcurre de símbolo a nombre
sin cambiar mis emociones.
¿Que verdad tejer en su estar tranquilo
sin mi rabia, ni mis ojeras azules,
y cómo dudar de la verdad sin observador y sin atributos,
tras seguir su savia de tierra a memoria ?
La luz, fuego o brillo, no necesita de adjetivos:
triste lugar del símbolo la idea,
ominoso fluir el de la emoción al signo:
en esa fatalidad me recompongo:
ambos, la tarde, la herida,
y un manojo de albahaca para callarnos.
XV
Se trata, dicen, de obtener algo:
cada uno atado al lenguaje
de su mezquindad o su sueño
si es que en los espejos aparecen invertidos.
Me basta un manojo de albahaca
para sentir, que trivial o no,
lo mío es la permanencia,
la boca celebrando
los sabores infinitos de la respiración.
Arriba
XVI
Quisiera contar por enésima vez
la batalla entre la dicha y el deseo:
pero prefiero las historias sin personajes,
sin trama, sin lugares,
objetos que hablan por la tierra entera
y por toda la tierra que ha llenado la boca de los que han hablado.
Saberte ausente es tornarme en objeto:
polvo al polvo.
XVII
Rara vez empieza una historia:
pretender un origen
es poner la desesperación entre las rejas del tiempo y la memoria.
Son, sin embargo, más escasos los finales:
toda culminación no es otra cosa
que un nuevo corte de pelo,
un cambio de credo,
una nueva rutina sin cigarros ni sillas rotas.
Pero si algo ha de empezar ahora,
habría que suponer un manojo de albahaca
anterior a los hombres y a las cosas,
eterno sobreviviente del mundo,
preservado para que tu mano
lo enlazara a mi tobillo,
en algún barrio de las afueras.
Si algo debe tenerse a manera de final,
será un raro follaje blanco,
que para nadie hable,
sobreviviendo lo que de los hombres queda
en el aliento del agua.
XVIII
El vaso y de repente la silla vacía:
agua venida del espacio entre la cama y la memoria.
Los escenarios frágiles del color
salido apenas del rocío y del alba,
pequeños soles multiformes
en la vista que ya no percibe otra luz
que su brillo a años luz de la muerte,
tu llanto como un lánguido animal
en luto de río,
sequía:
absorbida por un ángel tenebroso,
repentina sangre en la ventana ebria.
Mi niña, mi niña obscura,
hálito de lámpara subastada
y tu amor fracasado
como un marchito manojo de albahaca.
XIX
:danzo.
(...) traído de la vida
como quien se tiende
en los rigores de la llama (...)
extraído de tu magma, diluido,
apenas empezado el rito de quien goza
aquello que lo asombrara,
atraído, culpable, envilecido por la añoranza
de un pasado noble
como la escudilla del ciego,
y esta sangre tuya que fue piedra alguna vez,
y vuelve, en savia, a negar a la piedra,
tumba sin religión, epitafio sin inscripción,
vida de albahaca
para nuestros niños muertos contigo.
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