Tercera parte
Corto punzante
Agujas enhebradas con pelos de la cuca para coser un bulto
“El hacha que mis mayores me dejaron por herencia”, oxidada, colgada detrás de la puerta junto a una herradura y una penca de sábila, “aguapanelada” y rezada, para alejar los males y soportar mejor la miseria.
Unos niños pequeños, jugando con anzuelos y un anciano alegre tocando “marimba” en las costillas de un perro flaco… Música parrandera de fondo.
Ambulante
Un viejo rasta ofrece, en un trapo sucio tendido en la calle, ojos de diversos animales: algunos frescos, otros secos y otros descompuestos; separados para luego ser ofrecidos en oferta.
Los transeúntes se detienen, miran, y hacen un gesto de: “Que bueno sería, pero no hay dinero”.
En carrera
Jóvenes del mismo sexo estripándose espinillas en las bancas de un parque, comiendo mocos ajenos y rabitos de pollo fritos en betún.
Las señoras del sector apalean a un militar, en vuelta olímpica, alrededor de una piscina para niños.
Se produce una risa general, tan fuerte que todos terminan con un severo dolor en el vientre y las amígdalas inflamadas.
Casi inerte
Los cardos crecen, la maleza también, el moho también.
Un hombre obeso, demasiado obeso, manco de un brazo y mocho de las dos piernas. Con las uñas de su único brazo, tan largas como para sacarse un moco y al mismo tiempo un ojo, se rasca las pelotas posado sobre una piedra caliente. Mientras, observa como un perro recién envenenado estira una pata repetidas veces.
Los cardos crecen, la maleza también, el moho también, los gusanos abundan.
Estado perpetuo
Los gallinazos rompen el ritmo normal de la ciudad para comerse un pedazo de carne muerta, tirada en medio de la calle.
Violín, ritmo bestial que duerme, retumbar, delirio de tambores y muelas podridas cuyo fétido olor se asemeja al baño corrosivo de un marrano.
Gente acalorada: mujeres mostrando los senos a bajo precio y negros gordos sudorosos usando camisetas impresas con logotipos de agrupaciones enfermas.
Histeria, esquizofrenia y paranoia colectiva, acompañada de un “delicioso” y efectivo resentimiento social.
Arriba
Simpleza
Es temprano todavía y la calle está húmeda.
Los hijos de un cura juegan con caca y un palito.
Un joven tímido se masturba mirando una foto de Roberta Closs, recortada de algún periódico editado en 1986.
Una zanahoria colgando en la ventana.
En el jardín, unos pájaros en plena lucha, por unos granos de arroz triturado y piedrecillas, se picotean los ojos.
Los ancianos en el asilo esperan con ansias que sus cartas sean respondidas.
Estudiantes primíparos usan términos esotéricos para justificar un arte que deja sabor a bagazo de guadua.
El cielo despide la tarde tornándose del color del concreto mezclado con oxido de hierro. Las flores de papel reciclado se marchitan por la envidia.
Costa perdida
En un lugar alejado y poco conocido del país, unos hombres con máscaras tratan de comerse un potaje hecho a base de ñame y agua contaminada. A su lado, un perro peludo de raza indefinida, gira en círculos, tratando de morderse la cola.
Niños curiosos con la panza hinchada por los parásitos, parados en las puertas de unas casas, fabricadas con cañabrava y barro, ubicadas a los lados del cementerio improvisado cuyos únicos visitantes son los piscos y la maleza.
Muy abajo, en medio de la polvorienta carretera, cubierta de plátano caído, se encuentra un “peladero” que se usa como cancha de fútbol. Allí un grupo de marranos anoréxicos, comen el pasto amarillento y lamen la tierra seca.
En el barrio
Arriba del tanque de agua, que ahora ha sido convertido en sede de la acción comunal, queda un colegio. Los alumnos experimentan con sapos semivivos. Son cuarenta que irán a parar a la basura y luego serán incinerados.
Más abajo, veinte “culicagaos” trepados en un enorme árbol, cogen fruta al lado del cadáver de un ahorcado.
En toda la esquina en una iglesia blanca; extraña obra de albañilería, un sacerdote imparte la señal de la cruz a un montón de “mocosos” armados y de viejas envidiosas.
Los obreros borrachos, en las primeras horas de la mañana, se gastan el ultimo billete de cien mil pesos con la efigie del Sagrado Corazón, que les queda, para regresar a sus casas con los bolsillos vacíos.
Animación
Agüita salpicante, zumbar de oídos, placer confuso. El silencio es roto por el transito seguro de un silbato nocturno…
Muñequitos dibujados con bolitas y palitos, se encuentran y fornican alegres, hasta reventar. Sus miembros dispersos, chorreantes de sangrecita, se desvanecen en el rápido pasar de hojas.
Hojas rayadas de un cuaderno amarillento y engrasado, debidamente plastificado, con carátula de cartón y las tablas de multiplicar al reverso.
Un estudiante montado en un burro repleto de rayas, consulta en el catalogo de las palabras muertas para aprender el lenguaje de la Real Academia.
La ruta
Niebla espesa, lluvia ácida, frío, mucho frío y pollitos en una bolsa.
Guitarras raídas por el tiempo y el mal trato, con las cuerdas destempladas y calcomanías de la virgen a medio arrancar, son tañidas por desplazados.
Un niño de hermosa voz, canta rancheras tergiversando la letra, un anciano desdentado corrige sus desfases.
En la banca de atrás, un comprador compulsivo lleva las manos repletas de dulces blandos, estampas de dioses extintos, llaveros con la figura deformada de héroes foráneos y pollitos en una bolsa.
Arriba
Vieja cabaña
El olor a humedad asfixia mientras el clima; “loco”, arrecia con un frío infernal que no deja pensar.
Veinte mil ratas muertas alrededor de una pequeña rana de vistosos colores, dispersas en el patio de una antigua choza con las paredes mohosas y carcomidas, decoradas con helechos pintados y mariposas de origami.
El techo de paja, criadero de chinches, es fuente de lesmaniasis y pesadilla de arquitectos.
El otro corrupto
Un frío recalcitrante penetra en los huesos y no hay abrigo para tanta gente, aunque haya personas con saco y ruana.
Unos adolescentes alcohólicos patean sapos en los claros de una selva ocupada por hombres perversos que envenenan los perros.
Indios conocedores de los secretos de la naturaleza, hacen círculos inútiles en la tierra abonada y fabrican estatuas en piedra de dioses que nunca serán conscientes de su propia imagen y de su propia muerte.
Después irán a mendigar a la otra selva: esa de fieras raras que no han sido catalogadas en el álbum de Zoociencias.
Que viva la fiesta
Como si fuera un festival transgresor a la raza, media docena de perros se rascan las pulgas y se olisquean el trasero, alrededor del cadáver del anciano que recogía aguamasa, para sus cerdos. Fue asesinado por un grupo de “sallayines” calvos, por no estar vacunado contra el odio y la estupidez.
En las calles las balas destruyen los bombillos de colores, las ventanas agujereadas se nos presentan a la luz del día como símbolo de una soledad cruda.
No es de extrañar: a diario amanece uno que otro cadáver enredado en la serpentina navideña. Y con la instalación aún prendida.
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